K-Pop: la vida de un Trainee Pt. 2

Continuamos con la segunda parte de la historia de Min-Ki, un trainee de 15 años cuyo sueño es debutar como ídol de K-Pop.

Estaba abrumado. Sabía que el camino que había escogido estaría lleno de obstáculos. Que había todo un cielo lleno de pequeñas estrellas con luz propia y que brillar por encima de todas ellas, era algo que sólo unos pocos conseguían. Pero Min-Ki ni siquiera sabía si él formaba parte de esas pequeñas estrellas. Tenía miedo por eso. Porque sabía que había adolescentes que debutaban en cuestión de meses o años y otros, que podían pasarse la vida siendo trainees. Al final, muchos de ellos llegaban a los veintiséis sin haber hecho nada más que entrenar para bailar y cantar. Sin estudios, sin trabajar, sin experiencia. Muchos de ellos, siendo estafados por empresas ficticias de entretenimiento. Sudando lágrimas y sangre para componer una canción y venderla, y no conseguir el dinero suficiente para una cena y un par de calcetines. Era una vida tan del tercer mundo si se ponía a pensarlo. No tener nada, para llegar a tenerlo todo. Como el sueño americano. Y sí, tenía miedo. Miedo de olvidar en el camino quién era, miedo de llegar a preguntarse si él valía y si luchar merecía la pena.

“Practicábamos 14 o 15 horas al día. Era como si estuviésemos en prisión. A veces iba al baño deliberadamente para salir”. Yuju, GFRIEND.

En aquellas pequeñas salas mal ventiladas y a oscuras, había visto a muchos chicos así. Chicos y chicas que seguían levantándose después de cada caída, y que habían olvidado por qué estaban bailando. Chicos que habían soportado durante años los extenuantes entrenamientos, viendo cómo sus amigos poco a poco debutaban y se hacían famosos, y ellos eran dejados atrás. Min-Ki no quería tener que rendirse, no quería tener que abandonar años de esfuerzo y dedicación para acabar trabajando en una tienda de pollo frito. Porque él también necesitaba vivir. Así que lo soportó todo.

El hambre, el comer a escondidas un bol de ramyeon debajo de una manta con sus compañeros de piso; las clases de idiomas, vocalización, canto, danza, actuación, rap; tener que acabar al mismo tiempo sus estudios básicos. Esos temidos exámenes semanales, en los que muchos de ellos eran invitados a regresar a casa para no volver nunca más. El frío y el calor, de dormir con cuatro chicos más en el suelo. Las lesiones y las heridas. Era incapaz de dejar de bailar y cantar. Aunque tuviese fiebre, aunque los pies le sangraran y tuviese el tobillo torcido, aunque estuviese afónico. Cómo iba a irse a dormir. Sentía que cada segundo que pasaba estaba siendo desperdiciado. Que mientras él dormía, alguno de los otros chicos podía superarlo. Y por esos diez minutos, él podía ser el siguiente en regresar a casa. Necesitaba trabajar mucho más, practicar mucho más, ser perfecto y evolucionar más allá de lo que cualquiera pudiese esperar. Y para lograr eso no podía descansar.

Después de tres años, les anunciaron que la compañía había decidido lanzar un nuevo grupo masculino de K-Pop. Sintió lástima por las chicas. Sintió lástima por los chicos y por él mismo. Aquella era la guerra. No había podido hacer amigos, pero de repente todos se habían vuelto enemigos. Era la ley del más fuerte. Y a Min-Ki le faltaba tanto… Los dividieron en grupos de seis y les ponían misiones diarias, semanales y mensuales. Cinco meses después, sólo un grupo de los cuatro que había quedaría en pie. Durmió, comió y rió mucho menos. Practicó, enfermó y lloró mucho más. Hasta el punto en el que no podía respirar y aquellas cuatro paredes le asfixiaban. Temblaba como una pequeña hoja mecida por el viento cuando el presidente entraba en la sala a juzgarlos. Ni siquiera podía mirarle a los ojos. Temblaba con sus ojos escudriñando cada centímetro de su ser, sus duras palabras sobre lo poco que habían trabajado y si aquello les parecía una broma.

Nunca olvidaría, aquella tarde que el presidente entró en el cuarto en el que practicaban y les dijo:

 – Mañana a primera hora os quiero ver duchados y descansados en la sala de reuniones. Iros a dormir pronto hoy, dejad de trabajar por hoy y cenar lo que queráis, porque va a ser la última vez que lo hagáis. Quiero decir que vais a debutar, niños. Tenemos mucho de lo que hablar mañana. Y a partir de ahora tendréis que trabajar mucho, mucho más. No me hagáis lamentar el haberos dado la oportunidad, porque creo en vosotros.

No sabía los demás, pero Min-Ki no supo cómo reaccionar. Por primera vez en mucho tiempo estaba llorando de alegría. Pero también. Tenía tanto miedo de arruinarlo todo. Tanto miedo de que las cosas saliesen mal, de que no fuese lo suficientemente perfecto, de que hubiese un error. Porque sabía que lo que acababan de decir no era garantía de nada. Podían ser expulsados en el proceso de preparación. Podían no tener éxito y quedar en el olvido y el vacío, como otros tantos grupos que habían debutado antes. Y sin embargo. Esa noche pudo volver a sonreír.

Próximamente: K-Pop: la vida de un Trainee pt. 3

 

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